miércoles, 13 de mayo de 2015

Los sueños agridulces III.

Sos un bombón I.

Hacía un martes caluroso varias semanas atrás mientras viajaba a la facultad. Le di gracias a Dios, Buda y todas las energías superiores por haberme permitido ese día tener la oportunidad número uno en un millón de viajar sentada en el colectivo. De igual modo, el colectivo estaba lleno y yo buscaba tranquilidad en las canciones de mi reproductor que se propagaban por medio de mis auriculares. No me había percatado de nada ni nadie que dentro del mismo vehículo haya estado, solamente viajé mirando el paisaje y memorizando lo estudiado para el examen que iba a dar. Llegué al puerto temprano para la clase. Las gotas gruesas de sudor se deslizaban por mi sien hasta mi mentón para terminar muriendo en mi musculosa negra. Yo me dejaba ser, no me importaba estar toda sudorosa. Tenía una guerra en el estómago y otra en la cabeza. "Nervios" vs. "No Seas Pelotuda, En El Examen Te Va A Ir Bien". Di unos pasos por el cordón de la vereda y volteé porque sentí un empujón. Miré a una persona apenas un poco más alta que yo que me dijo "disculpá". Un hombre, bastante joven, de camisa blanca arremangada, pantalón de vestir negro, lentes de pasta negros, barbita rasurada, esa de tres días, y pelo negro cortito. Lo miré unas milésimas de segundo, luego le dije soltando una sonrisa "no es nada", y me regalé un par de milésimas más para deleitar mi vista en tan bello paisaje. Sin exagerar. Reaccioné. Volteé. Volteó. Seguí mi curso y él el suyo. No pude ver para dónde se dirigía pero, lamentablemente, no para donde yo lo estaba haciendo. Se avecinaba un tercer contrincante a mi guerra interior, el "No Mira Minas Como Vos, Ilusa". Esperé un poco para voltear nuevamente y no parecer desesperada, pero ya no lo vi. Se había esfumado en el horizonte, o alguna brisa celestial lo había llevado hasta el cielo, dónde los querubines pertenecen, o, lo cual es más probable, había doblado la esquina e ido por una calle inalcanzable para mi corta vista. Miré fijo mi camino rectilíneo y me pregunté qué estaba haciendo, a quién estaba buscando. Por supuesto sabía muy bien qué estaba haciendo y a quien estaba buscando pero preguntarme retóricamente eso me daba la sensación que no quedaba tan imbécil ante mí misma.
Rendí el examen. Desaprobé.
Salí del edificio con el corazón más triste que de costumbre y los ojos vidriosos. No quería parpadear para no empujar la cortina de lágrimas que se había armado en cada uno de mis ojos, para que éstas no caigan espesas por mis mejillas y para que no sea evidente mi debilidad. En realidad, no quería que la gente supiera que soy una maricona desde la primera hora. Pero la fuerza en mis músculos faciales contrayéndose sin relajarse sólo duró unos pocos pasos. Largué todo de mí y me lamenté por mi fracaso. Mi nariz se enrojeció al igual que mis cachetes regordetos, y las gotas desde mis ojos cayeron. Me había preparado con mucho esmero y poniendo todo de mí para ese examen, llegando a él con el tiempo justo tras haber hecho otras cosas que me sacan tiempo y fuerzas como trabajar u ocuparme de otros problemas mundanos en los cuales me meto por placer. O por pelotuda. Busqué un pañuelito descartable y me limpié la cara. Lo pasé de arriba hacia abajo, en viceversa y en diagonal, corriéndome el delineador de ojos hasta el cuello y marcándome con líneas rojas la cara a causa de la fricción. No me importaba nada la verdad, ni como me veía ni como me sentía. Solo quería volver a mi casa para poder llorar en paz y fuerte, mordiendo la almohada. Tanto sufrí en vano que no me percaté de que el tiempo en cuatro horas había cambiado bruscamente. De un sol radiante que emanaba altos grados de calor pasó a unas nubes grisáceas llenas de agua y mala onda, las cuales lo tapaban por completo. Puteé en mi interior hasta llegar al puerto.
A la una de la tarde, como siempre, ese pequeño lugar colapsaba de gente que al igual que yo estaba cansada y quería regresar a sus casas para poder estar con sus familias, almorzar, descansar o, por qué no, llorar en paz. Me apoyé en una columna de cemento y dejé caer mi mochila pesada por mi brazo para agarrarla con la mano y ponerla entre mis pies. Comencé a sentir una brisa fría y simulé autoabrazarme. Quedé cruzada de brazos para que no se me enfríen las manos. Comencé a mirar un poco mi alrededor sin detenerme en detalles, y vi algo que previamente ya me había hecho parar el corazón. Y lo hizo de nuevo. El lindo de mierda que me había empujado a la mañana estaba esperando el colectivo. Igual de impecable que hacía cinco horas antes. Tal vez un poquito más despeinado. Pero era, y me permito suspirar como una colegiala enamorada antes de escribir lo siguiente, el edén. Una sonrisa que era las puertas del cielo. Unos ojos cafés más hermosos que el sol. Una barbilla que no me provocaba más que querer morderla, y quererla toda para mí, y un aura armoniosa. Un manjar. Un bombón. El más dulce y apetitoso que jamás vi. Obviamente, no quería que me viera toda desfachatada, sin mis mejores ropas, con el maquillaje corrido y la cara llorosa. Me corrí como ocultándome tras la columna a esperar tranquila. Aunque no lo estaba ni un poco. Tenía ya muchos problemas en mi vida y éste pibe irrumpió en mi día de mierda para tornarlo más de mierda aún. Por supuesto que sin querer. Era tan bueno y puro que lo único que podía transmitir era felicidad y ganas de vivir. 
Llegó el bendito colectivo y como siempre, en ésta sociedad tan civilizada y rica en valores como el respeto, las personas de la parada no formaron una fila y se pelearon a los empujones por quien subía primero y viajaba sentado. Yo ya estaba resignada, viajar sentada no iba a hacerme sentir mejor, así que dejé a toda la gente subir y luego subí yo. Pagué mi boleto y caminé por el estrecho pasillo queriendo llegar hasta la puerta de descenso para así poder bajar más fácil, pero en mitad de mi recorrido una mano se estira y toca mi brazo.
-Sentate acá- me dijo el pibe que había visto bien temprano, y sacó su mochila de la butaca. Había reservado el lugar para mí, pensé.
Miré para ambos lados del pasillo verificando si no se encontraba viajando parado algún anciano o alguna anciana, embarazada o madre con su niño en brazos, pero en realidad miré a ambos lados porque no sabía qué hacer. Él corrió sus piernas y yo crucé hasta la butaca del lado de la ventanilla. Y no se como supo que me gusta el lado de la ventanilla porque amo sentir el vientito entrar y pegar en mi cara. No me importa despeinarme.
-Te guardé el lugar, tenés pinta de cansada- y se dibujó en su rostro una media sonrisa mostrando sus dientes blancos y perfectos. Luego miró fijo hacia adelante e hizo un ruido con su nariz, como haciendo fuerza para respirar, a mi parece estaba resfriándose.
-Muchas gracias... la verdad que sí, creo que todos lo estamos- Dije yo. Tonta, boba, taradísima. Lo dije como diciendo "me lo diste a mí pero también podrías habérselo dado a alguien más". Por suerte, no se de dónde saqué el don de la ocurrencia y arreglé mi tontera.
-Pero qué suerte que me lo diste a mí-.
Y nuevamente una media sonrisa vi. Y me miró. Le ofrecí un paquetito de pañuelitos descartables porque continuaba haciendo ese sonido horrible con su nariz que me molestaba hasta la médula.
-Gracias, me estoy resfriando, éste cambio de mierda... ya me pica la garganta. Igual no me des todos que vos también necesitás- me dijo devolviéndome el paquetito de pañuelitos después de haber sacado uno solo. Me lo pasaba como apuntándome a la nariz rojiza de llorar. Sonreí y lo agarré.
-Sí, la verdad que sí. Gracias-.
-Estabas llorando...- Me lo confirmó, no me lo preguntó.
-¿Yo?- pregunté. -No, jaja-.
-Tu cara no dice lo mismo eh...- se burló. Me invadió la vergüenza.
-Son boludeces, de las cuales ya me olvidé-.
-Mejor así... chicas como vos no tienen que andar llorando-.
Después de escuchar eso y sonreír, volteé hacia el lado de la ventanilla como para ignorarlo y arrugué mi cara porque me dieron ganas de llorar. Salieron algunas lágrimas de mis ojos y quien estaba haciendo el ruido tedioso con la nariz ésta vez era yo.
-Eu, ya está... no llores, dale. ¿Cómo te llamás?-. Y esa vez sí lo miré, mientras me secaba los ojos de la manera más femenina que podría salirme que, estoy segura, ni siquiera era un poquito femenina.
-Camila, ¿y vos?-
-Cristian. ¿Qué estudiás Camila?-
-Periodismo-
-Ah mirá vos, ¿de ahí venís?, ¿de estudiar?- Y lo miré sonriendo porque sentí que me lo preguntaba con real interés. -Perdón, soy un pesado...-.
-Jajajaja no, no pasa nada, me gusta que preguntes. Si, vengo de la facultad, acabo de dar un examen y de salir mal, por eso tengo la cara hecha mierda jajaja.-
-Noooo, nada de eso. ¿Era muy difícil Cami?-
-Maso, pero puedo recuperar, no hay problemas.-
-Bueno, mejor-.
-Si. ¿Y vos? ¿A qué venís para éstos lados?- Ya le dije un poco más lúcida y sin tantas ganas de llanto.
-A trabajar. Trabajo en un banco en el centro, el que queda por la calle Buenos Aires, a la vuelta de la Catedral, ¿lo conocés?-.
-Sí sí, a una cuadra de la peatonal, me ubico. ¿Venís todos los días?-
-Si, por suerte son pocas horas, aunque es cansador. ¿Vos venís todos los días?-
-Si, pero sólo los martes y los jueves a ésta hora, los demás días a diferentes horarios-.
-Ah, ¿O sea que el jueves te voy a ver de nuevo?-.
-Puede ser...- jugué.
-Espero no verte llorando y que estés feliz-.
-Jajajaja sí, lo prometo-.
-Bien Cami, ¿cuántos años tenés?-
-18, ¿y vos?-
-26...-
-Ah...- Le dije y corrí mi mirada de su latitud. Saqué mis lentes de mi mochila, me los calcé y también saqué un libro que había comenzado a leer. Él me miró de reojo, y comenzó a desenredar sus auriculares que había sacado del bolsillo de su pantalón. Se los puso y me sonrió. Yo leí y no hablamos más hasta que me tuve que bajar.
Se sacó los auriculares y antes de que me levante para tocar el timbre me dijo:
-Nos vemos el jueves, Cami. No llores más-.
-Jaja, nos vemos-. Contesté, como siempre, tan poco expresiva. Y bajé. Caminé hasta casa. Y a pesar de haber tenido un buen viaje, al llegar hice lo que desde un primer momento luego de salir mal en el examen, me propuse hacer: lloré mordiendo la almohada. Lo hice hasta quedarme dormida y fue liberador. Luego desperté, y deseaba con todas mis fuerzas que llegara el jueves.